La semana pasada fue "Black Friday" idea importada de EEUU, que consiste en incentivar las ventas aplicando descuentos.
Durante los días previos, el correo electrónico se me llenó de publicidad indeseada en el que me invitaban a adelantar las compras navideñas, o a darme unos cuantos caprichos.
Las noticias sobre descuentos, dónde encontrar las mejores gangas, cómo se preparan las tiendas para ese día, cuanto se gastaría cada español, de media, y cuales serían los objetos más vendidos, se repetían.
El mismo día escuché a gente comentando que en cuanto terminaran de trabajar, irían de tiendas a por unos artículos a los que ya le habían echado el ojo. Me pareció perfecto, porque mientras ellos estarían en atascos y en centros comerciales abarrotados, yo me iría al gimnasio. Fue una idea maravillosa, la verdad. Pocas veces he encontrado tantas maquinas libres un viernes y tanto espacio para bailar durante la clase de Zumba.
La cosa es que poca gente parecía valorar la idea de NO comprar durante el Black Friday. ¿Tanto necesitaban todas esas cosas? ¿De verdad les suponía un ahorro tan grande comprar ese día en vez de cualquier otro? ¿Cuánta de esa gente que fue de tiendas terminó gastando de más? ¿O compró cosas que utilizarán poco o nada?
La cosa es que no sentí la necesidad de comprar ese día y tampoco al lunes siguiente, bautizado como Cyber Monday. Puestos a copiar a América, ¿porqué no hacemos la cena de acción de gracias?